Cultura

¿Y si el agua hablara? Comunicación regenerativa para una ciudad en crisis de agua

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Bogotá tiene sed. Pero más que eso, tiene una herida abierta que ha sido maquillada con cifras, planes de contingencia y ruedas de prensa. La reciente crisis del agua no solo desnudó un sistema hídrico con grietas estructurales, sino una relación rota entre la ciudad y su territorio. Desde la Cátedra Bacatá, decidimos mirar este tema desde otro lugar: no desde el diagnóstico técnico, sino desde una comunicación regenerativa, aquella que nos conecta con los procesos vivos, con el cuidado, y con las historias que importan.

Hablar con Humberto Polo Cabrera, líder sindical del acueducto y conocedor profundo del sistema hídrico de Bogotá, en la Cátedra Bogotá, parte de la estrategia 2025 en el marco de la Escuela de Comunicación Vía3Tv en alianza con Radio Sur 106.4 FM y el proceso de Incidamos, fue como escuchar a alguien que conoce las entrañas de las tuberías y los embalses, pero también ha sentido el pulso de un cuerpo enfermo al que se le exige correr una maratón sin descanso. “Bogotá no debería estar en crisis, pero lo está”, dice. No lo dice con rabia, sino con una resignación lúcida.

Y es que no basta con tener infraestructura. No basta con poder tratar más agua de la que consumimos. ¿De qué sirve tener una planta que puede bombear agua si los embalses que la alimentan están secos? ¿De qué sirve hablar de modernización, si lo natural no se cuida y lo ancestral no se escucha?

La herida no es solo hídrica, es cultural

Lo que está en juego no es solamente si vamos a tener agua para ducharnos mañana. Es qué tipo de relación estamos dispuestos a sostener con la vida. Porque sí, el agua es vida, pero ¿cuánto de esa vida estamos dispuestos a proteger?

Desde la comunicación regenerativa proponemos dejar de hablarle a la gente como si fueran culpables o ignorantes. La escasez no es producto de que la ciudadanía no cierre la llave al lavarse los dientes. Es producto de un modelo urbano que arrincona los páramos, tala los bosques de niebla, reemplaza la vegetación nativa por pinos y retamos que secan la tierra. Es una historia de abandono, no de ahorro doméstico.

En esta historia, el agua no es solo un recurso: es una maestra que nos muestra nuestras fallas más profundas como sociedad.

Crisis y oportunidad: dos caras de una misma gota

Hay algo profundamente simbólico en que haya que vaciar un embalse para poder repararlo. Lo mismo le pasa a una ciudad: a veces hay que tocar fondo para reparar lo que no se ve. El túnel de 40 kilómetros que conecta Chingaza con Bogotá no solo lleva agua. Lleva historia, lleva decisiones, lleva olvido.

Y en medio de ese olvido, Humberto Polo nos recuerda lo evidente: “no estamos reusando el agua”. Mientras otras ciudades ya tratan sus aguas residuales para darle nuevas vidas, Bogotá sigue vertiéndolas en su río como quien bota una carta sin leer. ¿Cómo regenerar algo si no hay voluntad de cerrar los ciclos?

La comunicación regenerativa no es una campaña con eslogan. Es una forma de pensar, de escuchar y de actuar. Requiere aceptar que el agua no llega mágicamente a los grifos. Que hay páramos que lloran silenciosamente su degradación. Que hay comunidades que desde hace siglos saben cómo proteger el agua, pero no se les escucha porque no tienen cargos técnicos ni powerpoints bonitos.

¿Y ahora qué?

La pregunta no es si la crisis se solucionó. Porque no lo está. La pregunta es si estamos dispuestos a cambiar la manera en que convivimos con el agua. Eso implica:

    • Revalorizar los saberes locales y ancestrales sobre el manejo del territorio.
    • Regenerar ecosistemas estratégicos, no solo con presupuesto, sino con sentido.
    • Exigir una gobernanza hídrica que no se base en la improvisación ni en la negación.
    • Educar desde la empatía, no desde la culpa.
    • Y, sobre todo, recordar que no somos dueños del agua. Somos sus huéspedes.

    Comunicar para cuidar, no para tapar

    Desde la Cátedra Bacatá, junto a Incidamos y Radio Sur, apostamos por una comunicación que no maquilla la crisis, sino que la humaniza. Que no se queda en los porcentajes, sino que pregunta: ¿qué tipo de ciudad queremos ser?

    Quizás aún estemos a tiempo de escuchar. No solo a los expertos, sino a los páramos, a las madres que cocinan con agua racionada, a los niños que ya aprendieron que una ducha puede ser un privilegio. A las comunidades que han vivido en equilibrio con el agua por generaciones sin necesidad de plantas de tratamiento.

    Porque el agua, cuando la escuchamos de verdad, no solo limpia: también enseña.

    ¿Y si la próxima gran obra no fuera un embalse, sino un pacto con el territorio?

    Quizá ahí comience, de verdad, la solución.

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