Al mediodía, caminar por algunos tramos de la carrera Séptima, a la altura de la calle 72, puede ser una experiencia distinta a hacerlo por una avenida del suroccidente de Bogotá. En el primer caso, los árboles maduros ofrecen sombra sobre buena parte del recorrido. En el segundo, dependiendo del sector, el sol cae directamente sobre el pavimento, los andenes y las fachadas de los edificios.
La diferencia parece pequeña hasta que toca caminar varias cuadras, esperar un bus o trabajar durante horas en el espacio público. Entonces, la sombra deja de ser un asunto paisajístico y se convierte en una condición que influye en la comodidad, la salud y la calidad de vida.
En Bogotá, el calor no se distribuye de manera uniforme. La cantidad de vegetación, la densidad de las construcciones, los materiales de las calles y la disponibilidad de espacios verdes hacen que algunas zonas acumulen más calor que otras. Esta diferencia se relaciona con el fenómeno conocido como isla de calor urbana: las superficies construidas absorben y retienen energía, mientras que la vegetación ayuda a regular la temperatura mediante la sombra y la evapotranspiración.
Pero hay una pregunta que merece más atención: ¿quiénes tienen más posibilidades de protegerse del calor en la ciudad?
Una desigualdad que también se mide en metros cuadrados
La distribución de los espacios naturales en Bogotá muestra diferencias importantes entre localidades. En 2025, la ciudad registraba un promedio de 10,52 metros cuadrados de espacio público natural por habitante. En Bosa, el indicador era de 5,24 metros cuadrados y en Los Mártires, de 4,41. (Observatorio Ambiental de Bogotá, Secretaría Distrital de Ambiente (2026). Indicador de Espacio Público Natural (EPN), datos 2025. Consultar indicador)
Estas cifras no permiten determinar cuánta sombra recibe una persona en su recorrido diario, ni describen por sí solas las condiciones de cada barrio. Sin embargo, sí muestran que el acceso a espacios naturales no es igual en toda la ciudad.
La desigualdad ambiental también se expresa en la forma en que se ocupa y transforma el suelo. En sectores densamente construidos, los espacios disponibles para árboles y zonas verdes suelen competir con vías, parqueaderos, edificaciones y otras infraestructuras. Cuando la planeación urbana no reserva suficiente suelo para la vegetación, el resultado puede ser una ciudad con menos capacidad para regular su temperatura.
A esto se suman las obras que modifican el espacio público, la pérdida de árboles maduros y la falta de condiciones adecuadas para que los nuevos individuos crezcan. No se trata de responsabilizar a un solo actor, sino de reconocer que las decisiones sobre cómo se construye una ciudad también determinan las condiciones ambientales en las que viven sus habitantes.
La posibilidad de caminar por una calle arbolada, encontrar un parque cercano o esperar el transporte bajo una cubierta no debería depender del sector en el que una persona puede pagar una vivienda.
Sembrar árboles no es lo mismo que producir sombra
Frente a los problemas de cobertura vegetal, las administraciones suelen presentar sus resultados a través del número de árboles plantados. Es un dato importante, pero insuficiente para saber si una intervención está mejorando las condiciones ambientales de un barrio.
Un árbol recién sembrado no ofrece la misma sombra que uno que ha crecido durante veinte o treinta años. La capacidad de refrescar una calle depende, entre otros factores, del tamaño de la copa, la densidad del follaje, la especie, su estado de salud y las condiciones del lugar donde crece.
Por eso, una política de arborización no debería evaluarse únicamente por la cantidad de árboles que se plantan. También tendría que considerar cuántos sobreviven, cuánto crecen, dónde están ubicados y qué beneficios ofrecen a las personas que utilizan el espacio público.
Hay una diferencia entre cumplir una meta de siembra y transformar las condiciones ambientales de un territorio.
Esto también obliga a revisar cómo se diseñan los andenes, las vías y las zonas de construcción. No basta con dejar un pequeño espacio para sembrar un árbol si el suelo, las redes de servicios o las condiciones del entorno impiden su desarrollo. La infraestructura verde necesita planificación, espacio y mantenimiento.
Bogotá necesita árboles que puedan crecer y cumplir su función ambiental, no solamente registros de nuevos individuos en un balance de gestión.
El calor también afecta la manera en que vivimos
Las altas temperaturas no producen únicamente incomodidad. La exposición prolongada al calor representa un riesgo para la salud, especialmente para quienes trabajan al aire libre, realizan largos desplazamientos, tienen dificultades para acceder a espacios frescos o viven en viviendas que acumulan calor.
La investigación científica ha encontrado relaciones entre el estrés térmico y diferentes afectaciones físicas y mentales. El calor puede alterar el sueño, aumentar la fatiga y afectar el bienestar emocional. También puede intensificar condiciones de vulnerabilidad que ya existen en determinados grupos de población.
En una ciudad como Bogotá, estas preocupaciones merecen mayor atención. Una persona que pasa buena parte del día desplazándose en transporte público, caminando por calles sin sombra o trabajando en el espacio público enfrenta condiciones distintas a las de quien puede movilizarse en vehículo particular y permanecer en lugares climatizados.
No todas las personas tienen las mismas posibilidades de protegerse del calor.
Y aunque todavía hace falta profundizar en cómo se manifiestan estos efectos en los distintos barrios de la capital, hay una realidad que resulta difícil ignorar: las condiciones ambientales del lugar donde vivimos también influyen en nuestro bienestar.
La sombra es parte del derecho a una ciudad habitable
Cuando hablamos de crisis climática en Bogotá, pensamos con frecuencia en los páramos, los embalses, la disponibilidad de agua y la protección de los ecosistemas que abastecen a la ciudad. Son asuntos fundamentales. Pero también debemos mirar lo que sucede en nuestras calles.
La justicia ambiental se construye en los espacios que recorremos todos los días: en el andén donde esperamos el bus, en el parque donde juegan los niños, en la calle donde trabaja un vendedor o en el camino que una persona mayor debe recorrer para llegar a su casa.
Garantizar sombra, recuperar árboles maduros, ampliar las zonas verdes y diseñar espacios públicos que reduzcan la exposición al calor son decisiones de salud pública y planeación urbana.
También significa exigir que los proyectos de construcción incorporen criterios ambientales desde su diseño, que las obras protejan el arbolado existente y que las inversiones en infraestructura verde lleguen a los sectores que más las necesitan.
La sombra no puede seguir siendo un beneficio adicional de algunos sectores de la ciudad. Debe formar parte de las condiciones básicas para habitarla dignamente.
Cuidar el territorio también es cuidar la vida cotidiana
Recuperar una ciudad más fresca y habitable requiere decisiones institucionales, pero también una ciudadanía capaz de reconocer que el entorno que compartimos influye en el bienestar de todos.
La naturaleza no está separada de la ciudad ni es un elemento decorativo que se incorpora cuando sobra espacio. Los árboles, el agua, el suelo y la biodiversidad hacen parte de las condiciones que permiten sostener la vida urbana.
Por eso, defender un árbol, reclamar un parque, participar en el diseño de un espacio público o exigir mejores condiciones ambientales para un barrio son formas concretas de participar en la construcción del territorio.
El desafío no consiste únicamente en adaptarnos a temperaturas más altas. También consiste en revisar las decisiones que han hecho que algunos lugares sean más difíciles de habitar que otros.
Una ciudad preparada para el cambio climático no se mide solamente por sus grandes obras o por el número de árboles que anuncia haber sembrado. También se reconoce en algo mucho más cotidiano: que cualquier persona pueda caminar por su barrio, encontrar un lugar donde descansar y disfrutar de un entorno que cuide su salud.
El bienestar no es una tarea individual. Es una construcción compartida.
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